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dissabte, 19 de juliol de 2008

20 años con las puertas abiertas

Un jesuita dirige la única casa de acogida en la provincia para reclusos que salen de prisión, por la que pasan más de 200 al año

Jorge Jordá lleva 50 años en la Compañía de Jesús, 25 de ellos dedicados a la cárcel y cerca de 20 acogiendo en su casa a presos que no tienen donde ir tras cumplir condena. Su hogar es un recurso único en la provincia para aquellos con segundasoportunidades que no saben cómo empezarlas. Él sabe que no es tan difícil.

Llámame si me necesitas", se lee en un cartel al entrar -y salir- de la casa de Jorge Jordá, que resume la filosofía de vida de este jesuita de 76 años que hace dos décadas decidió convertir su casa en un punto de acogida para los reclusos de centros penitenciarios sin familia ni apoyos. Una casa acogedora de planta baja en el barrio de San Agustín, a la que bautizó con el nombre de otro jesuita, "Padre Arrupe", y por la que el pasado año pasaron 220 presos tras cumplir su condena o para disfrutar de permisos de fin de semana bajo su tutela.

Después de años trabajando con niños en el centro Nazaret, y de viajar por Perú, Brasil o Ecuador -dice tener ventaja porque se hizo jesuita tarde, a los 26 años, "después de haber corrido mucho por el mundo"- este hombre nacido en Beniarrés se interesó por los presos de Fontcalent, no para darles misa sino "para hablar y estar con ellos".

"Cuando empecé a ir a la cárcel no sabía dónde me metía pero, no sé por qué, me enganchó. Luego vas viendo necesidades y había que hacer algo con aquellos a los que los padres no los quieren, los que son extranjeros y no tienen familia, la gente que no puede volver a su pueblo y los que no quieren ni verlo. Y esto es una ayuda más", señala Jorge en su vivienda de 7 plazas, con patio como en las casas de pueblo, y con gato. Su amigo Desiderio le ayuda en las tareas domésticas y afirma no haber tenido ningún problema con los vecinos desde que se asentó en el barrio de San Agustín, "porque la primera casita que tuve me la querían quemar", recuerda.El primer preso al que albergó vendía los conejos que Jorge compraba para la comida y, desde entonces, decidió no acoger a reclusos con problemas de drogas. Es la única excepción que ha puesto en su casa, con pocas normas, salvo la limpieza y los horarios para las comidas, "y procurar pasarlo lo mejor posible sin meterse en complicaciones", añade. También ha vivido algún mal rato que apenas quiere contar -"una vez me encontré esposado sin saber cómo"- y apunta que en veinte años de experiencia, alguno, muy pocos, se han saltado el permiso. "El año pasado, uno, y me fastidia bastante", asegura, tras explicar que "le di 20 euros para ir a Villena y no volvió al centro. Le faltaba mes y medio para salir, luego le ponen en busca y captura y seis meses más", señala molesto.

Además de su generosidad, Jorge Jordá dice tener carisma y aguante para hacer lo que hace: "De por sí todos repelemos lo que nadie quiere, pero lo más importante en la vida es el ser humano. Y no lo digo por religión o por fe, que de aquí también salen moros, pero yo prefiero estar con gente sencilla que con gente estirada. Ya estuve unos años con gente estirada y no me fue muy bien. En mi casa me dicen que estoy loco pero de aquí ha salido mucha gente que se ha incorporado a la sociedad, no es tan difícil, y me gusta ver a la gente feliz".

En "Padre Arrupe" lo está intentando J., de 55 años, procedente de un centro penitenciario de Segovia -el boca a boca corre entre los presos de otras provincias- que desde marzo reside en casa de Jorge y se encuentra en tratamiento médico, "pero me voy estabilizando, aquí se está muy bien, los dos son muy agradables -Jorge y Desiderio- y con ellos se puede hablar de cualquier cosa".Jorge no se mete en sus vidas, "ni les pregunto, ni les juzgo. No soy curioso para esas cosas y ellos me cuentan lo que quieren". Confiesa que a los que están más tiempo se les coge cariño y algunos mantienen la relación pasado el tiempo. Como Adrián, que ha pasado allí varios años, o Pawel, polaco de 28 años, en tercer grado, recluido cuatro años en Fontcalent, que desde enero de 2007 acude cada fin de semana a casa de Jorge; le queda mes y medio para obtener la condicional.

"Salir de la cárcel y venir a un sitio así es algo muy bueno", explica Pawel, que destaca de Jorge "lo buena persona que es porque si no fuera por él no sé qué haría. Tiene que haber gente como él", y asegura que la oportunidad que se le brinda "no hay que perderla, ni se me pasa por la cabeza". Permanecerá con Jorge hasta que cobre el paro o encuentre trabajo y eso le tranquiliza."Aquí se les da una oportunidad, la jueza es la que da las oportunidades y algunos la aprovechan y otros no", indica Jorge, que se reconoce "bastante optimista" con el género humano y reitera que en la vida "hay que salir adelante y no mirar atrás".


Noticia aparecida la diario INFORMACION

1 comentari:

eladi ha dit...

Endavant, Jorge. En sento molt xicotet al teu costat.

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